A las seis de la mañana, la casa despertaba con ella. Una niña de dieciséis años cargaba sobre sus hombros el peso de un mundo doméstico que parecía infinito. El hervor del café era un río oscuro que corría hacia la estufa, el pan con mantequilla se volvía un gesto tibio de consuelo, los huevos fritos y los frijoles de la olla eran la ofrenda silenciosa para el regreso de su padre.
Mientras sus manos repetían la rutina, su mente viajaba hacia la figura de su madre: mujer atrapada en un destino impuesto, casada —o más bien entregada— a los dieciséis, como un trofeo en manos de un hombre mayor. Él ganó un objeto de orgullo; ella, una cadena invisible. El recuerdo la golpeó como el vapor del café que se desbordaba, recordándole que siempre había doble trabajo, doble carga, doble silencio.
El tiempo era un verdugo implacable, y en esa prisión de lo cotidiano comprendió la huida de su madre: aquella fuga no fue abandono, sino búsqueda. Se marchó con el hombre que la hizo sentir mirada, reconocida, mujer.
A las siete y media, la mesa estaba servida: café, frijoles, huevos, pan. Y en ese ritual, sus pensamientos se disolvieron lentamente, como el azúcar que se rinde al abrazo del café caliente, dejando tras de sí un eco de pesares que se desvanecían en la mañana.
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