sábado, 14 de febrero de 2026

TIEMPO EL EL CAFE

A las seis de la mañana, la casa despertaba con ella. Una niña de dieciséis años cargaba sobre sus hombros el peso de un mundo doméstico que parecía infinito. El hervor del café era un río oscuro que corría hacia la estufa, el pan con mantequilla se volvía un gesto tibio de consuelo, los huevos fritos y los frijoles de la olla eran la ofrenda silenciosa para el regreso de su padre.

Mientras sus manos repetían la rutina, su mente viajaba hacia la figura de su madre: mujer atrapada en un destino impuesto, casada —o más bien entregada— a los dieciséis, como un trofeo en manos de un hombre mayor. Él ganó un objeto de orgullo; ella, una cadena invisible. El recuerdo la golpeó como el vapor del café que se desbordaba, recordándole que siempre había doble trabajo, doble carga, doble silencio.

El tiempo era un verdugo implacable, y en esa prisión de lo cotidiano comprendió la huida de su madre: aquella fuga no fue abandono, sino búsqueda. Se marchó con el hombre que la hizo sentir mirada, reconocida, mujer.

A las siete y media, la mesa estaba servida: café, frijoles, huevos, pan. Y en ese ritual, sus pensamientos se disolvieron lentamente, como el azúcar que se rinde al abrazo del café caliente, dejando tras de sí un eco de pesares que se desvanecían en la mañana.


miércoles, 7 de enero de 2026

COMO SE ENAMORAN LAS LUCIERNAGAS

 


Las noches en el campo son irrepetibles: la luna llena ilumina un cielo desbordado de estrellas.

Abajo, entre las espigas de trigo, los matorrales, los girasoles y los dientes de león,
junto al lago plateado por la luna, ocurre un milagro secreto:
una danza de pequeñas luces que conversan entre sí.
Algunas preguntan:

—¿Eres tú?
Y a lo lejos se escucha la respuesta:
—Soy yo.
—¿Eres tú?
—Soy yo.
—¿Eres tú?
—Soy yo.
Y la certeza estalla:
—¡Eres tú!
—¡Sí, soy yo!
entre los matorrales, los girasoles y los dientes de león,
desapareciendo suavemente a la orilla del lago,
bajo la eterna mirada de la luna llena.

Son luciérnagas que buscan, con destellos temblorosos, a su verdadero amor.

En medio de la multitud, la pregunta se repite, insistente,

Hasta que, al encontrarse, se miran con entusiasmo y el diálogo se convierte en un juego infinito:

Entonces sus luces se funden en un mismo ritmo, en un solo latido del corazón.

Unidas en un abrazo luminoso, se pierden entre las espigas,